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Opinión

Nuestro inmenso mar

Familia Viva

Escribo estas líneas frente al inmenso mar Caribe.

Y, mientras observo el ir y venir de las olas, no puedo dejar de pensar en cuánto bien nos hace el mar a los seres humanos.

Hay algo profundamente transformador en sentarse a contemplarlo. Nos conecta con nuestra esencia. Con nuestro ser. Nos recuerda lo pequeños, frágiles y vulnerables que somos frente a la inmensidad de la naturaleza. Y, curiosamente, esa sensación de pequeñez no nos disminuye; nos libera. De pronto, aquello que parecía enorme pierde tamaño y perspectiva.

No es solamente una sensación romántica. La ciencia ha comenzado a explicar por qué sucede.

El biólogo marino Wallace J. Nichols dedicó años a estudiar la relación entre el agua y nuestro cerebro. A este estado lo llamó Blue Mind o “mente azul”. Descubrió que la cercanía al mar disminuye el estrés y favorece la producción de sustancias relacionadas con el bienestar. Tal vez por eso, cuando llegamos a la playa, respiramos más profundo casi sin darnos cuenta.

También sabemos que el sonido rítmico de las olas tiene un efecto muy especial sobre nuestra mente. Diversos estudios en psicología muestran que ese ir y venir constante ayuda a disminuir la rumiación, esos pensamientos repetitivos que tantas veces alimentan la ansiedad. En cambio, nuestro cerebro entra en un estado de mayor calma, creatividad y presencia. El mar, de alguna manera, nos enseña a hacer una pausa.

Y nuestro cuerpo también lo agradece. Investigaciones difundidas por especialistas de la UNAM muestran que los entornos costeros ayudan a disminuir los niveles de cortisol, la hormona del estrés; favorecen la regulación emocional y funcionan como una especie de terapia natural para nuestro bienestar físico y mental.

Pero, si me preguntan, creo que el mayor beneficio del mar no puede medirse en un laboratorio.

El mar nos recuerda algo que solemos olvidar: todo pasa.

Las olas llegan, rompen y regresan. Ninguna intenta quedarse. Ninguna lucha contra su propia naturaleza.

Quizá por eso salir de vacaciones junto al mar nos hace tanto bien. Porque, durante unos días, dejamos de correr, levantamos la mirada del teléfono, respiramos con más calma, volvemos a conversar sin prisa y recordamos que la vida no está hecha solo de pendientes, sino también de momentos.

Esta semana, además, el mar tiene para mí un significado muy especial. Mi papá cumple 82 años el 16 de julio y yo cumpliré 45 el día 18. Ambos compartimos un profundo amor por el mar y hoy tengo el privilegio de celebrar la vida a su lado.

Antes de regresar a casa quiero hacer una pequeña petición al océano: que se lleve, en sus olas, todo aquello que ya no necesitamos: los miedos, las culpas, las prisas, el cansancio y las preocupaciones. Y que, cuando el agua vuelva a tocar la orilla, nos regrese salud, serenidad, esperanza, tiempo para quienes amamos y la capacidad de seguir asombrándonos con la vida.

Porque quizá esa sea la enseñanza más grande del mar: recordarnos que siempre hay una nueva ola… y siempre hay una nueva oportunidad para comenzar.

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