Netanyahu, el factor de conflicto permanente
Periodista de guerra, escritor y corresponsal. Especialista en temas internacionales. Testigo de 19 guerras y ha llegado a realizar entrevistas exclusivas con figuras como Yasser Arafat, Muammar Gaddafi y el líder de Hamás, el jeque Ahmed Yassin.
Si hay un personaje incómodo y, al mismo tiempo, siniestro, sin lugar a dudas ese es el presidente de Israel, Benjamin Netanyahu.
Hasta el propio presidente estadounidense, Donald Trump, dice que es un loco, y eso que es su mejor aliado, su mejor opción.
Pero Benjamin Netanyahu va por libre. Le dan igual las treguas de paz y los “ceses al fuego”. A pesar de que existe una tregua —entre comillas, fake— con Irán, lo cierto es que el conflicto ha disminuido considerablemente en términos balísticos y bélicos.
Por supuesto, persiste el gran problema del estrecho de Ormuz. Pero todo eso a Benjamin Netanyahu parece no importarle. Él sigue golpeando el sur del Líbano y Gaza, diciendo que quiere acabar con el terrorismo de Hezbollah y Hamás.
Pero Benjamin Netanyahu se encuentra en una auténtica ratonera. Por una parte, es rehén de la ultraderecha de su país, de los partidos más recalcitrantes y ultranacionalistas. Por otra, carga sobre sus espaldas el genocidio de Gaza. Porque, al final, es un genocidio.
Y, además, tiene pendientes juicios por corrupción. Por eso, no le queda más remedio que seguir mirando hacia adelante, caiga quien caiga.
Ese es el gran drama que hay en Israel. E insisto: hay que sacar de la ecuación a la ciudadanía de ese país, porque Benjamin Netanyahu está volviendo a Israel profundamente incómodo para el resto de la comunidad internacional.
Y aquí no hay más que un culpable en toda esta guerra y en las consecuencias que está arrastrando.
Y ese es Benjamin Netanyahu. No hay más, no hay menos.
