Lo que Aristóteles Sandoval, exgobernador de Jalisco, contó en Monterrey sobre 'El Mencho' y le costó la vida
Sin Censura
Hay historias que no empiezan con balas, sino con advertencias.
Cuando mi amigo Aristóteles Sandoval dejó la gubernatura de Jalisco, no se retiró a la vida privada. Al contrario. Empezó a recorrer el sur de su estado, a tejer, a hablar, a reaparecer en plan político, no sé con qué fines electoreros.
En Casa Jalisco ya despachaba Enrique Alfaro. Se conocían desde jóvenes; ambos fueron líderes estudiantiles, pero la política no perdona biografías compartidas. La relación entre los dos distaba de ser tersa.
En una de nuestras conversaciones le dije a Aristóteles, casi en tono confidencial: “te estás metiendo en campos minados”. No era una frase retórica. Era un diagnóstico. Me ignoró.
El CJNG estaba en su punto de máxima expansión. No era un cártel más: era una estructura paramilitar con capacidad financiera, armamento sofisticado y una lógica territorial implacable. Y en la cúspide reinaba Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
El 18 de diciembre de 2020, en Puerto Vallarta, Aristóteles Sandoval fue asesinado. Un exgobernador muerto en un destino turístico internacional. El mensaje fue brutal: nadie estaba fuera del alcance del crimen organizado.
Meses antes, el 26 de junio de 2020, otro objetivo había sido atacado. En Paseo de la Reforma, a plena luz del día, intentaron matar a Omar García Harfuch. Recibió tres disparos en la cabeza. Salvó la vida de milagro. La escena parecía sacada de una zona de guerra: vehículos incendiados, impactos de alto calibre. El Estado, desafiado en una de sus avenidas más emblemáticas.
Cinco años después, en la madrugada del 20 de febrero de 2026, el péndulo se movió en sentido contrario.
Fuerzas federales lanzaron un operativo en la sierra de Tapalpa, Jalisco. No era un cateo ordinario. Iban por un objetivo de alto valor. Inteligencia previa, seguimiento, coordinación aérea. El grupo delictivo detectó el despliegue y respondió con fuego. Ráfagas, persecución entre brechas, helicópteros evacuando heridos bajo tensión máxima.
Miembros gravemente heridos del CJNG murieron durante el traslado en helicóptero a la Ciudad de México.
Entre los heridos estaba Nemesio Oseguera Cervantes. Los narcobloqueos —ahora lo sabemos— se debieron a que creían que su líder seguía vivo. No fue así.
El hombre que durante años acumuló poder, recursos, rutas, lealtades compradas y silencios impuestos yacía inerte. El capo que convirtió a su organización en una maquinaria transnacional, el rey que sembró miedo en gobernadores, alcaldes, empresarios, policías y comunidades enteras, había muerto.
Pero en México, cuando cae un rey, no necesariamente termina el reino.
Hace muchos años, en un desayuno en mi casa, Aristóteles Sandoval —recién electo gobernador de Jalisco— nos contó al periodista Ramón Alberto Garza y a mí de un personaje que entonces no ocupaba titulares nacionales, pero que ya proyectaba una sombra larga.
Nemesio Oseguera. “El Mencho”, lo llamó. Oseguera nació en 1966, en Naranjo de Chila, un pequeño poblado de Aguililla, Michoacán. Origen rural, economía de subsistencia; dejó la escuela en quinto de primaria. Se fue a trabajar al campo, a cosechar aguacate. Luego cruzó a California. Allá volvió a los campos agrícolas. Comenzó con tráfico menor: cantidades pequeñas, riesgo medido, ganancia superior al salario legal.
En los noventa fue detenido en Estados Unidos por vender heroína y lo sentenciaron a tres años en prisión.
“El Mencho” volvió a México siendo otra persona.
Según nos confesó Aristóteles aquella mañana, Oseguera logró ingresar a la policía estatal de Jalisco. Uniforme oficial. Acceso a información. Y, sobre todo, acceso a la arquitectura real del sistema: corrupción estructural, protección negociada.
Y entendió algo fundamental: el Estado mexicano tiene grietas. Y por esas grietas circula el dinero sucio, la complicidad y el indeleble olor a muerte.
En 2009 fundó el CJNG. No se conformó con replicar el modelo tradicional. Apostó por la diversificación: metanfetaminas a gran escala; fentanilo, cuando el mercado estadounidense comenzó a demandarlo masivamente; cocaína como complemento. Rutas hacia Asia. Expansión hacia Europa. Logística transnacional.
El FBI ofreció $15 millones de dólares por información que condujera a su captura.
Sin embargo, nadie lo veía. No hacía apariciones públicas. No daba entrevistas. No se lucía. No había fotografías recientes. Era un poder sin rostro. Pero, según decía Aristóteles, comenzó a controlarlo todo: decisiones operativas, movimientos financieros, castigos internos. Dejó de ser un nombre y se convirtió en un mito construido con miedo, disciplina y expansión global.
Pero todo mito tiene un punto de inflexión, cuando deja de crecer en silencio y decide desafiar abiertamente al poder institucional.
Y cuando eso ocurre, ya no estamos ante el origen de una historia, sino ante el inicio de una guerra.
En aquel desayuno con Aristóteles Sandoval, cuando hablábamos del combate al crimen organizado, le planteé una idea que en ese momento parecía académica, pero que hoy resuena casi profética.
Le hablé del doctor David Kennedy, criminólogo del John Jay College de Nueva York, arquitecto de la estrategia de “focused deterrence”, desarrollada en ciudades estadounidenses para reducir la violencia extrema. Su tesis, expuesta en el libro Don’t Shoot, es simple, casi quirúrgica.
No se combate a todos al mismo tiempo. No se dispersan recursos. No se abre fuego en todas direcciones. Se elige un solo objetivo de alto riesgo. Se concentra la presión institucional —policía, ejército, Marina, inteligencia, sistema judicial— hasta neutralizarlo. Y solo entonces se pasa al siguiente. Precisión antes que espectáculo. Focalización antes que dispersión.
Le dije a Aristóteles: “Ese es el modelo”. Me respondió, seco, sin rodeos: “Si el gobierno federal no decide contra qué cártel enfocarse, a un gobernador, y menos a un alcalde, le resultará imposible cumplir esa estrategia”. Tenía razón.
El modelo nunca se implementó con la coherencia que proponía Kennedy, por los motivos que esgrimía Aristóteles. Porque el problema profundo no era táctico. Era estructural: la corrupción. Plata o plomo.
Cuando la autoridad pública está infiltrada, cualquier estrategia —por sofisticada que sea— se fractura desde dentro. Y eso no es un fenómeno exclusivamente mexicano.
Esa lógica la desarrolla Kash Patel en su libro Government Gangsters.
Kash Patel es ahora nada menos que el director del FBI en la administración Trump y sostiene que el llamado “gobierno paralelo criminal” desvía recursos hacia persecuciones políticas mientras descuida amenazas reales: crimen violento, fentanilo, terrorismo. Protege a sus propios miembros, encubre abusos, erosiona la confianza pública y crea burocracias cooptadas. En otras palabras: cuando el Estado no está alineado internamente, la ley pierde filo.
Ahora bien: ¿participaron los Estados Unidos en la captura de Nemesio Oseguera? Sí.
Primero, porque la información acumulada es enorme. Más de noventa capos entregados por el gobierno mexicano en menos de un año dan mucha información de primer orden. Cada capo con redes, rutas, contactos, flujos financieros. Cada uno es una pieza de inteligencia para exprimir.
Segundo, porque el 15 de enero de 2026 el Departamento de Defensa formalizó la Joint Interagency Task Force–Counter Cartel: una fuerza de tarea conjunta interinstitucional diseñada específicamente para combatir cárteles y organizaciones criminales transnacionales, especialmente las que operan en la frontera con México.
Y su línea de acción es exactamente la que proponía David Kennedy: un solo objetivo a la vez. No diez. No cinco. Uno.
En este caso: la cabeza de un solo cártel. Un solo capo.
Cuando una estructura interagencial decide concentrar satélites, inteligencia financiera, gancho de comunicaciones y cooperación bilateral, el margen de éxito de operación se incrementa drásticamente.
La pregunta no es si sabían dónde estaba el objetivo.
La pregunta es cuánto tiempo llevaban observándolo. Y lo que descubrieron fue el principio del fin del mito.
¿La caída de Nemesio Oseguera significa el fin de este juego de tronos? No hay una figura indiscutible que concentre el mando.
Eso abre escenarios.
El gobierno mexicano, con apoyo de la DEA y de la Joint Interagency Task Force–Counter Cartel, tiene ahora una ventana estratégica: golpear finanzas, cortar mandos medios, presionar simultáneamente.
Pero si no se desmonta el sistema completo —corrupción institucional, infraestructura logística, demanda estadounidense— el fenómeno se adapta y se metamorfosea. La muerte de Oseguera no termina con el narcotráfico: lo transforma. El trono está vacío, pero en este tipo de estructuras el vacío de poder no dura mucho.
La última vez que vi a Aristóteles Sandoval le aconsejé dos cosas: que no fuera tan enamoradizo y que cuidara su vida. Aristóteles ya murió. Pero nosotros, los vivos: ¿presenciaremos una sucesión ordenada o una guerra interna en ese cártel?
¿Se fortalecerá el Estado o emergerá un nuevo capo más joven y violento?
¿Es esta una oportunidad histórica o un cambio de turno en la misma guerra?
Porque cuando un rey cae, la historia no concluye. Empieza otra partida. Y la siguiente jugada todavía no la conocemos.
