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Opinión

La generación polilla

Viviendo Zen

Vivimos en una época de brillo constante. Pantallas encendidas, metas visibles, vidas aparentemente perfectas expuestas a cada momento. Todo parece invitarnos a avanzar, a lograr, a acumular. Sin embargo, detrás de ese impulso incesante, muchas personas viven cansadas, vacías o desconectadas.

Podríamos llamarla la “generación polilla”. Como esos insectos que vuelan una y otra vez alrededor de un foco, atraídos por una luz que parece prometer algo, pero que en realidad no conduce a ningún lugar. Solo gira, insiste… hasta agotarse.

Algo similar ocurre en la vida cotidiana. Muchas personas persiguen reconocimiento, dinero, validación o placer inmediato, creyendo que, al alcanzarlo, finalmente se sentirán en paz. Pero cuando lo consiguen, la sensación dura poco. Entonces aparece un nuevo objetivo, una nueva meta, otra luz más que seguir.

El problema no está en lo material ni en disfrutar la vida. El problema es creer que ahí se encuentra una plenitud permanente. Cuando la mente se aferra a esa idea, entra en un ciclo de búsqueda constante: más logros, más consumo, más estímulos. Y, con ello, más desgaste.

Desde la mirada del mindfulness y el zen secular, esto tiene una explicación clara: no sufrimos por lo que tenemos o no tenemos, sino por la relación que establecemos con ello. La mente proyecta una promesa hacia el futuro: “Cuando llegue ahí, entonces estaré bien”. Pero ese “ahí” se mueve constantemente.

Mientras tanto, la vida ocurre en otro lugar: en lo simple, en lo inmediato, en lo que no brilla tanto. Un momento de presencia, una conversación real, una pausa consciente. Experiencias que no generan espectáculo, pero sí profundidad.

La polilla no se detiene a observar la luz. Solo la sigue. El ser humano tiene la capacidad de hacer algo distinto: detenerse, cuestionar y elegir. Preguntarse si aquello que persigue realmente lo acerca a una vida más plena o solo lo mantiene en movimiento constante.

No se trata de renunciar a metas o placeres, sino de no quedar atrapados en ellos. De aprender a disfrutar sin depender. De avanzar sin perdernos.

Tal vez el verdadero cambio no esté en encontrar una mejor luz, sino en dejar de girar sin dirección. En regresar a lo esencial. En reconocer que la paz no está en lo que perseguimos, sino en cómo estamos presentes en lo que ya es.

Porque no todo lo que brilla guía. Y no todo lo que atrae, libera. Seguimos practicando.

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