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Opinión

¿Ruptura de Morena en NL?

Agenda Poder

Entre las élites, como las explica el teórico Gaetano Mosca, el poder reside en minorías organizadas que controlan los recursos políticos e institucionales. 

Sin embargo, estas élites no son monolíticas. Su estabilidad depende de su capacidad para mantener cohesión interna. 

Cuando esa cohesión se rompe, el resultado suele ser el debilitamiento del bloque dominante.

Mosca lo describió con crudeza: la historia es un cementerio de élites. 

El mecanismo más destructivo no siempre es la presión desde abajo, sino la guerra fratricida desde dentro. 

Cuando los sectores de la élite se perciben mutuamente como amenazas mayores que los rivales externos, invierten sus energías en sabotearse unos a otros. Eso erosiona la legitimidad del conjunto, fragmenta las redes de lealtad y abre ventanas de oportunidad que antes estaban cerradas para los rivales.

¿Ejemplos? El PRI mantuvo el poder durante más de siete décadas porque sus élites lograron institucionalizar la sucesión y contener las pugnas internas. 

Cuando ese pacto se rompió con las divisiones de 1987-1988 entre las corrientes tecnocrática y progresista, el partido inició un declive que culminó con la pérdida de la presidencia en 2000. 

Las élites priistas no fueron derrotadas por un enemigo externo superior; se desgajaron entre sí.

En el lenguaje de teoría de juegos, pasa de un equilibrio cooperativo a uno no cooperativo donde todos pierden.

Morena enfrenta el riesgo de erosión en Nuevo León. Como movimiento que ha consolidado un dominio político inédito en décadas, no está exento de esta dinámica. 

Su cohesión actual radica en la unidad relativa que le ha permitido ganar elecciones consecutivas. 

Sin embargo, el éxito trae consigo la multiplicación de aspirantes con capital político propio, cada uno con redes y ambiciones personales.

Una figura como Tatiana Clouthier —con una trayectoria que cruza partidos y antecedentes de haber dejado cargos públicos— ilustra el tipo de aspirante que puede catalizar estas tensiones. 

Su eventual lanzamiento de indirectas a rivales en procesos internos de sucesión estatal o nacional podría polarizar a las distintas tribus que componen el movimiento: los leales históricos, los cuadros institucionales, los sectores más radicales y los pragmáticos.

Cuando cada facción empieza a ver en la otra no un aliado con diferencias tácticas, sino a un obstáculo existencial para su proyecto, el movimiento deja de funcionar como bloque cohesionado. 

Las filtraciones, las acusaciones cruzadas, la disputa por candidaturas y la erosión de lealtades verticales son síntomas clásicos de este proceso.

Si Morena Nuevo León repite el patrón histórico de las élites que se fragmentan en luchas intestinas, podría asistir a un desgajamiento gradual de su hegemonía. 

Todo por pérdida de capacidad para actuar como actor unificado.

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