“Los viajes, como el complemento del alma”.
No existe nada que me provoque más placer que planear un viaje, anticipar cada uno de los detalles y rezar a manera de mantra la cuenta regresiva hacia la fecha de partida. Es un hábito al que me acostumbré desde mi juventud y que me carga de adrenalina para sobrellevar la monotonía de la realidad.
Para mí, la rutina me parece insípida y sin personalidad. Vivir lo mismo cada día es morirse en vida.
He viajado lo suficiente como para comprender que somos la partícula más pequeña de la existencia. He viajado para recordar que habitamos en un mundo tan amplio, que nuestros dramas son pequeños.
He viajado para reencarnar en países lejanos, para cambiarme el nombre y el pasado, por la curiosidad de saber hasta dónde llega la longitud de mi libertad, viajo por el placer de ser impredecible, por el asombro que evoca el cambio permanente y para renacer en el instante viajero.
Por la fugacidad de la belleza y algunos trozos de memoria, por ser en todo y en nada, para encontrar almas gemelas de dialectos convexos que me transportan a todas mis versiones posibles.
He viajado para descubrir voces en cada callejón y en cada museo, en una fuente, en un parque y en un escaparate.
Para oler las ciudades y sentir el ánimo de su clima sobre mis mejillas, para hablar con los árboles y compartir secretos con las olas, para enamorarme por primera vez, todas las veces, y para sentir que cada lugar es mi favorito, el más sublime y luego cambiar de opinión en el siguiente destino.
He viajado porque amo el silencio. Viajo para hablar conmigo y reconocer mi verdadera voz. Para inspirar a otros a desafiar sus miedos. Así que el calendario de mi vida está agendado en relación al antes y después de un viaje, lo que sucede en ese intermedio, es un trámite lleno de obligaciones como esposa, madre y terapeuta, que me permiten postularme como un ser confiable dentro de la sociedad.
Si el lenguaje de mi alma se pudiera traducir en un texto, sería el listado de destinos con fechas, número de vuelos, reservaciones de hoteles, restaurantes y museos, la investigación de eventos culturales y gastronómicos de cada lugar, obras de teatro y ferias de libros.
Otra obsesión / tradición personal que tengo es la de coleccionar cajitas de diferentes tamaños, colores y temáticas que representan el lugar que he visitado. He desarrollado una ardua expedición de tiendas especializadas en este tipo de “recuerditos”.
Confieso que uno de los momentos que más disfruto dentro de un viaje es aquel en el que selecciono la cajita que llevaré de regreso a casa. En el interior de cada una viene un pequeño papel con la fecha, el lugar, y la experiencia emocional que he vivido.
Llevo varios días postergando algo. Debo cancelar mis viajes de este año y poner en pausa el lenguaje de mi alma.
Comenzar la cuenta regresiva de la añoranza, internarme en un conteo perdido entre las nubes, sin destino, ni fecha agendada. Necesito comenzar a viajar en mis sueños.
