El darse cuenta de diversas situaciones, como por ejemplo: me doy cuenta de que existo, me doy cuenta de que siento, me doy cuenta de que disfruto, me doy cuenta de que no me gusta… tiene un sentido profundo que muchas veces pasamos por alto.
No siempre comprendemos lo que nos está sucediendo ni cómo nos vivimos en ese momento; hay dificultad para reconocer la potencia de la conciencia presente; entonces caemos, casi de forma automática, en querer solucionar; resolver se vuelve más importante que sentir, y en ese intento, nos alejamos de nosotros mismos.
El darse cuenta es el gran poder de estar en el presente, de habitar el aquí y el ahora. Es reconocer cómo me vivo cuando estoy enojada, cuando aparece la envidia o cuando me siento desplazado; no es analizarlo de inmediato, sino notarlo.
Permitir que la experiencia exista tal como es; ahí comienza un contacto más honesto con uno mismo; sin embargo, muchas veces lo que hacemos es querer sacar al paciente —o sacarnos a nosotros— de ese lugar incómodo.
Queremos aliviar, mover, distraer. La propuesta, es quedarnos, hacernos presentes con eso que duele o incomoda, porque la costumbre aprendida es huir hacia la distracción; vivimos distraídos de nosotros mismos.
Por ejemplo, me siento triste porque mi amiga no me ha respondido, pero “tengo que hacer una vuelta”, algo que atender, algo más urgente. Dejo ese espacio emocional suspendido, lo cubro con actividad.
Y así, la experiencia queda desplazada, sin ser vivida ni resuelta; entonces reaccionamos en lugar de responder; ese sentimiento no atendido se queda acumulado, esperando otro momento para emerger.
Tal vez, si me quedara con esa tristeza, podría tomar el teléfono y hablarle a mi amiga. Saber qué pasó, pero para eso necesito reconocer lo que siento; el darse cuenta abre posibilidades reales de acción.
La terapia se convierte en un espacio para conocer estos procesos, para observar cómo reacciono, qué evito, qué intento satisfacer de manera indirecta. No se trata sólo del evento externo, sino de mi forma de estar frente a él; ahí comienza una comprensión de mi mundo interno.
Reconocer qué me está llevando a actuar así es fundamental. ¿Qué necesidad está detrás de esta conducta? ¿Qué estoy intentando proteger o evitar sentir? Cuando una necesidad se vuelve consciente, naturalmente aparece el impulso de buscar satisfacerla. Pero antes de correr a hacerlo, es importante conocerla.
La propuesta terapéutica no es sólo satisfacer la necesidad, sino conocer el fondo que sostiene la experiencia. Aquello que le da sentido. Cuando solo parchamos con estrategias rápidas o soluciones “pop”, el alivio es momentáneo. Tarde o temprano regresamos al mismo punto. La experiencia no fue integrada.
En ese ir y venir, nos volvemos buscadores de parchecitos emocionales, algo que calme rápido, que distraiga, que tape. Pero el darse cuenta no busca tapar, busca iluminar, no promete comodidad inmediata, pero sí una transformación más genuina. Una que nace del contacto con lo que realmente nos pasa.
Cuando aprendemos a quedarnos con la experiencia, algo se ordena internamente. La conciencia se amplía y deja de ser amenazante. Poco a poco, dejamos de huir de nosotros mismos, y en ese encuentro, aparece una forma más auténtica de estar, elegir y vivir.
