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Opinión

¿En qué momento se perdió la educación en la política?

Consultor en estrategia, negociación, comunicación y manejo de crisis. Colabora en distintos medios como analista político enfocado en el poder, sus decisiones y sus consecuencias.

La política siempre ha sido un terreno de confrontación; eso nadie lo discute, tampoco ha sido un concurso de simpatías, mucho menos ha sido un espacio en donde todos se lleven bien. Por el contrario, siempre ha habido diferencias, acusaciones, pleitos y rupturas, y eso forma parte natural del oficio. La verdadera diferencia está en que antes existían límites que hoy parecen haberse evaporado, porque antes había políticos que podían estar en desacuerdo en absolutamente todo, que podían disputarse el poder con todo tipo de artimañas, pero que al mismo tiempo se trataban con un mínimo de respeto. Había diplomacia, había cortesía, había formas, y esas formas eran precisamente lo que distinguía a un estadista de un improvisado.

Hoy todo eso parece estorbar, parece como si fuese un pecado del pasado que hay que sacudirse con tal de parecer más cercano, más auténtico o más fuerte, aunque en realidad lo único que se demuestra es la incapacidad de sostener una posición sin recurrir a los insultos. Hace apenas unos días vimos al presidente Donald Trump presumir que la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, prácticamente le rogó por una fotografía, y aunque esa es una anécdota que podría parecer menor, llama la atención que una relación entre dos gobiernos, con todo lo que eso implica en términos de cooperación, comercio y geopolítica, termine reducida a un cuento para alimentar el ego de alguien que necesita sentirse por encima de los demás todo el tiempo.

Y tampoco hay que ir tan lejos para encontrar ejemplos. En México cada vez es más común ver a políticos que hablan a base de insultos, burlas y descalificaciones, como si esa fuera la única forma de hacerse notar en un escenario saturado de expresiones. La discusión se ha llenado de groserías que antes se reservaban para la cantina y hoy se sueltan desde una tribuna, desde una conferencia de prensa o desde una red social. Muchos creen que hablar golpeado los hace verse fuertes, que ser vulgar los acerca más a la gente, que entre más subido de tono sea el comentario más viral se vuelve, y ahí es donde se equivocan, porque una cosa es hablar claro, sin rodeos, y otra muy distinta es convertir la política en algo corriente, en una exhibición de groserías donde gana el que las grita más fuerte y no el que tiene mejores argumentos.

Las formas importan, y eso no es una opinión; es una constatación de cómo funciona el poder cuando se ejerce con responsabilidad. Importan cuando representas a millones de personas que esperan que quien los gobierna tenga la altura suficiente para no rebajarse. Importan cuando negocias con otro gobierno, con otro partido o con otro poder, porque ahí se construyen los acuerdos que después se traducen en resultados. Importan cuando tienes el poder en las manos, porque ese poder se puede ejercer con grandeza o se puede ejercer como un malandrín de barrio que solo sabe imponerse a gritos.

La educación no te hace menos firme, la cortesía no te hace débil, la diplomacia no significa agachar la cabeza ni mucho menos significa que no tengas carácter. Al contrario, son herramientas que sirven para resolver diferencias sin tener que romperlo todo en el proceso, porque romper es fácil; lo difícil es construir, y eso requiere un mínimo de educación que cada vez parece más escaso.

Quizá por eso vale la pena preguntarse en qué momento dejamos de exigir políticos preparados, respetuosos y con altura para conducir sus cargos, en qué momento la sociedad empezó a premiar al que insulta más en lugar de al que propone mejor. Y es que, cuando la grosería se vuelve costumbre y la falta de educación se aplaude como si fuera un acto de valentía, la política deja de ser una actividad seria y termina convertida en un espectáculo más, en un circo donde el payaso que grita más recio se lleva los aplausos, mientras el que intenta construir con seriedad termina viéndose como el aburrido que nadie voltea a ver.

Veredicto final

Solo en México, por ejemplo, esto se convirtió en una tendencia. Si bien es cierto que quien empezó con el circo de poner apodos fue AMLO, quienes se dicen oposición encontraron en la descortesía y las groserías una forma de ser escuchados. Qué pena que nuestros hijos vean y escuchen a los más sucios hablando de una manera tan ordinaria. Por lo menos antes le disimulaban un poco, y lo sucio lo escondían con buenos modales, hoy ya no hacen ni el más mínimo esfuerzo.

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