La Comisión Federal de Electricidad (CFE) acaba de anunciar ayer una inversión de $10,000 millones de pesos para “mejorar el suministro” del área metropolitana de Monterrey.
¡Vaya coincidencia! Tras un asfixiante verano de apagones que se prolongaron por días, transformadores reventados y miles de familias nuevoleonesas resistiendo a más de 40 grados, la CFE descubre, por fin, que hacía falta presupuesto.
El rezago de la paraestatal en el estado es estructural.
Cuando la demanda roza 97% de la capacidad operativa, el sistema colapsa.
La respuesta técnica suele ser desconexiones masivas; negocios paralizados y familias enteras buscando refugio con parientes porque un simple ventilador se convierte en artículo de lujo.
¿Cómo ha gestionado la CFE cada contingencia? Con parches. Transformadores reciclados con décadas de desgaste a cuestas, conductores obsoletos, mantenimiento reactivo y promesas de modernización que se diluyen con cada cambio de estación.
Añadir unos cuantos megavoltamperios (MVA) es insignificante cuando la demanda residencial e industrial es enorme.
La propia presidenta Sheinbaum lo reconoció en una mañanera: “No son suficientes las líneas para distribuir la energía”.
La traducción es simple: la capacidad de generación existe; lo que está quebrada es la red de transmisión y distribución.
Y ahora, tras bloqueos vecinales, pérdidas millonarias y una economía próspera pero que suele sumirse en la penumbra, llega el anuncio de más recursos.
Esta crisis no brotó de la nada es la factura acumulada de años de discursos sobre soberanía energética mientras los fierros en la calle se oxidaban. Así de simple. Así de grave.
¿Se ejecutará esta millonaria bolsa con la urgencia, transparencia y rigor técnico que el rezago exige? ¿O terminará siendo otra promesa postergada entre subestaciones y burocracia?
Tantas fallas acumuladas y tantos usuarios que pagamos las tarifas más caras para recibir el servicio más precario nos han dejado una certeza en Nuevo León: el escepticismo, la desconfianza, está justificada.
