Hace unos meses, Drew Stephenson publicó sobre lo que él percibía como la causa de que la escena gastronómica de Dallas, y de cierta forma a nivel nacional, no llegara a su potencial. En breve: las redes sociales.
La búsqueda del siguiente restaurante, platillo o hasta espacio (baño) viral ha puesto de cabeza las prioridades en la escena culinaria.
Las palabras de Stephenson: “Si recompensamos el espectáculo, los chefs nos darán espectáculo”, nos dejan claro lo que pasa no sólo en el vecino país del norte, sino en el nuestro también.
Pero el efecto de las redes sociales en los restaurantes no solo afecta cómo se construyen, o cómo se diseñan los platillos. Nos afecta también a nosotros como consumidores. Es hora de un acto de rebeldía radical: deja de tomarle fotos a tu comida.
Creemos que estamos capturando el momento o guardando un recuerdo, pero la psicología sugiere que, en realidad, lo estamos diluyendo. Existen diversos estudios que demuestran que cuando nos enfocamos en fotografiar un objeto, nuestro cerebro recuerda menos detalles de la experiencia.
Algo nos pasa cuando estamos viendo los platillos a través de la pantalla: dejamos de ver los colores, texturas y esfuerzo técnico que fue necesario para crearlos. Estamos viendo qué luz, encuadre, composición y hasta filtros necesitamos para recibir más likes.
Si recordamos los pilares del bienestar subjetivo. La verdadera felicidad no se encuentra en los “likes” que recibimos después de subir un platillo; se encuentra en el perder la noción del tiempo en las conversaciones alrededor de la mesa.
Hace un tiempo, les compartí sobre el savouring (saboreo consciente), el acto de detenerse a apreciar una experiencia de manera consciente mientras está sucediendo. Cuando estás ocupado buscando el filtro perfecto, dejas de disfrutar el platillo para empezar a producir contenido.
El efecto más claro para todos, el costo social que implica comer con teléfonos en la mesa. La calidad de la convivencia se deteriora. Algunos autores argumentan que incluso hemos ido perdiendo la capacidad de socializar debido a que ya ni siquiera nos volteamos a ver.
Todavía más preocupante, Arthur Brooks nos dice que desde 2008, se ha incrementado la percepción de soledad y pérdida del sentido de la vida, por la manera en la que nuestros cerebros trabajan cuando estamos en el teléfono. Estamos perdiendo la conexión con los demás y con nosotros mismos.
Volvamos a estar presentes en la mesa. Dejemos que el trabajo del chef sea efímero. Las mejores comidas son aquellas que disfrutamos por la conexión que hacemos con los demás y con nosotros mismos, y al hacer eso, además de ser más felices, también tendremos mejores platillos, mejores restaurantes.