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Opinión

El darse cuenta

Columna Invitada

Estar presente es algo más que “prestar atención”. Es sentir el momento tal como ocurre, sin más. En la terapia, este proceso se llama darse cuenta, y es el corazón del cambio real. Al darnos cuenta de lo que sentimos aquí y ahora, dejamos de habitar historias pasadas o expectativas futuras y empezamos a habitar nuestra propia experiencia. 

Darse cuenta implica percibir lo que está pasando en nuestro cuerpo, emociones, pensamientos y acciones. No se trata de interpretar desde afuera, sino de sentir desde adentro. 

Por ejemplo, cuando algo nos enoja o nos entristece, lo primero es notar cómo se manifiesta en nuestro cuerpo: ¿qué tensión hay?, ¿qué sensaciones aparecen? Esta conciencia corporal y emocional es la puerta al contacto verdadero con uno mismo. 

Muchas veces, sin embargo, vivimos desconectados de esa experiencia interna. Es común distraernos. La distracción se vuelve una forma de evadirnos de lo que nos duele o incomoda; pero cada vez que huimos de una sensación, también perdemos la oportunidad de conocernos mejor. 

Darse cuenta no es fácil. Requiere detenerse, respirar y permitir que lo que surge sea visto sin juicio. Si hoy me siento celoso, ansioso o triste, el reto no es arreglar esa emoción, sino vivirla. Preguntar: “¿Qué me está ocurriendo ahora? ¿Qué siento en mi cuerpo? ¿Qué pensamientos acompañan esto?”, genera un puente entre lo que pasa y lo que soy capaz de reconocer. 

La terapia funciona como un espejo que nos devuelve nuestra experiencia en tiempo real. Al estar con alguien que nos acompaña sin juicios y con presencia, podemos ver partes de nosotros que antes quedaban en la sombra. 

Cuando el terapeuta observa y comparte lo que nota —no para interpretar, sino para ofrecer una percepción—, el paciente puede darse cuenta de algo que estaba allí todo el tiempo: una emoción no vista, una sensación evitada. 

Cuando aprendemos a estar presentes con lo que somos, sin juicios ni soluciones rápidas, se crea un espacio de autenticidad. Esa autenticidad nos permite reconocer nuestras necesidades profundas y, desde ahí, buscar formas de satisfacerlas que sean congruentes con quienes somos. No se trata de “arreglar” algo roto, sino de conocerlo con honestidad. El sentido profundo del darse cuenta está en su poder transformador: no cambia nuestras circunstancias externas de inmediato, pero sí transforma nuestra relación con lo que vivimos. Esa transformación no es rápida ni liviana, pero sí genuina. 

Cuando somos capaces de estar aquí, con lo que sentimos, surge un contacto más verdadero con nosotros mismos y con los demás. Al final, el darse cuenta no es una técnica, es una actitud ante la vida. Es elegir estar presentes incluso cuando no es cómodo, confiar en que la experiencia tiene algo que mostrarnos. 

En ese estar, algo se acomoda internamente, algo se vuelve más claro. Y desde ahí, no desde la prisa por cambiar, comienza un movimiento auténtico hacia una vida más consciente y más propia.

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