Gran parte de nuestro malestar no viene de lo que ocurre, sino de la batalla interna por evitar sentirlo.
Hay un tipo de cansancio que no se quita durmiendo. No siempre tiene que ver con el trabajo, la agenda o las responsabilidades.
Es un desgaste silencioso: el de pasar el día entero luchando con lo que sentimos.
Luchamos con el enojo porque “no deberíamos sentirlo”. Con la tristeza porque “no es momento”. Con el miedo porque “no tiene sentido”. Incluso luchamos con el cansancio, exigiéndonos energía cuando el cuerpo pide pausa. Sin darnos cuenta, convertimos la experiencia cotidiana en un campo de batalla.
Muchas personas creen que el problema es sentir demasiado. En realidad, muchas veces el problema es no permitir sentir. La emoción aparece, lo cual es inevitable y, casi de inmediato, surge la resistencia: querer que se vaya, entenderla rápido, taparla con distracciones o justificarla mentalmente. Esa resistencia es sutil, pero constante. Y agota.
Como instructor de mindfulness he escuchado algo repetido: muchos estudiantes comentan que, al hacer el escáner corporal, notan zonas del cuerpo que les duelen y que no habían percibido antes. Es como si el cuerpo hiciera un llamado a su atención.
No se trata de reparar nada de inmediato, sino de escuchar lo que el cuerpo nos dice, de reconocerlo con presencia.
Desde la práctica he aprendido algo simple, aunque no siempre fácil: las emociones y las sensaciones no necesitan ser eliminadas para que la vida continúe. Necesitan ser reconocidas. Sentidas. Escuchadas. Cuando esto ocurre, suelen moverse por sí solas.
Aceptar no significa resignarse ni quedarse atrapado. Significa dejar de empujar lo que ya está aquí. Y, paradójicamente, cuando dejamos de pelear con una emoción o una sensación corporal, suele perder intensidad. No porque la controlemos, sino porque dejamos de alimentarla con rechazo.
Algo parecido ocurre con los pensamientos. Pasamos gran parte del día discutiendo con nuestra mente: “No debería pensar así”, “esto no tiene sentido”, “tengo que dejar de darle vueltas”. Pero pensar es lo que hace la mente. El problema no es el pensamiento, sino la identificación ciega con él.
Cuando empezamos a observar, en lugar de pelear, algo cambia. Aparece un pequeño espacio entre lo que ocurre y cómo respondemos. Ese espacio no resuelve mágicamente los problemas, pero nos devuelve algo esencial: claridad.
Vivir con más atención no elimina la dificultad, pero reduce el sufrimiento innecesario. No se trata de tener una vida sin emociones incómodas o dolor corporal, sino de una vida donde ya no tengamos que huir de ellas.
Tal vez no podamos elegir todo lo que sentimos o lo que el cuerpo nos muestra. Pero sí podemos entrenar la forma en que nos relacionamos con ello. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, transforma profundamente la experiencia de estar vivos.
Seguimos practicando.
