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Opinión

¿Por qué perdemos la gente de Nuevo León si se deprecia el dólar?

Sin Censura

Me pregunta un amigo comerciante si nos afecta o nos perjudica a los nuevoleoneses que el dólar estadounidense se esté depreciando. 

Mi amigo está a punto de iniciar trámites para exportar dulces y quedó muy desconcertado. Y yo le respondo que con toda razón. 

Vamos a ver. Como lo sabe cualquier estudiante de economía, el valor del dólar estadounidense (USD) no es fijo; fluctúa como cualquier moneda en el mercado global de divisas. 

Cuando decimos que “se deprecia”, nos referimos a que ha perdido valor relativo frente a otras monedas importantes, como el euro o el yen japonés. Para quien no lo sepa, esto se mide muy fácilmente con índices como el DXY (Dollar Index), que compara el USD con las seis monedas principales del mundo. 

En los días recientes, el USD toca sus niveles más bajos desde hace cuatro años, acumulando pérdidas semanales significativas. 

—¿O sea que ya valió el dólar? —me pregunta mi amigo, que como es oriundo de Guadalupe es muy ansioso. 

No. Esta depreciación no es el colapso total, pero sí es un síntoma de tensiones profundas en la economía de EUA. ¿Por culpa de Trump? Francamente, sí. 

El valor de una moneda —y con mayor razón el dólar— lo determina la oferta y la demanda en el mercado global. Si los inversores desconfían, malo el cuento. Si Trump tolera la represión de ICE, malo el cuento. Si se pelea con la OTAN, malo el cuento. 

Todo acto público acaba en el remolino de la confianza de los inversionistas. 

Políticas de gobierno, tasas de interés, riesgos geopolíticos reales o ficticios, pleitos innecesarios con la Reserva Federal (Fed) —que, si por mí fuera, la desaparecería como buen libertario que soy, pero hay que ser realista— influyen en esa demanda. 

Cae la confianza y, en dos minutos, los inversionistas venden sus dólares. A lo mejor en menos tiempo. Y se ponen a comprar oro. Siempre que el dólar genera desconfianza, los inversionistas se aferran al oro como una tabla de salvación, aunque estén en un chapoteadero de niños. 

Todo esto acelera la depreciación. 

Lo más irónico, le digo a mi amigo de Guadalupe, es que la caída reciente del dólar ni siquiera se debe a una crisis económica aguda —la economía de EUA sigue fuerte como un roble en muchos aspectos—, sino a algo que yo denomino “prima de riesgo”.  Es como si el dólar, visto desde que yo era niño fronterizo en Reynosa como un “refugio seguro” en tiempos de turbulencia global, estuviera perdiendo esa aura de invulnerabilidad tradicional.

Pero viene lo peor. Antier, Donald Trump declaró que el dólar está “genial” y que él, como mandatario, puede, “como yoyo”, hacer que el dólar suba o baje a su presidencial antojo. 

La respuesta de los mercados fue la previsible: el “yoyo” se interpretó como señal de que el gobierno no intervendrá para fortalecer el dólar, rompiendo con la costumbre de los mandatarios gringos de defender un “dólar fuerte”. 

Cómo dirían en Guadalupe, Trump hizo llover sobre mojado. Los inversores se pusieron a temblar ante las intenciones erráticas como apropiarse a la mala de Groenlandia, imponer aranceles a lo loco, y una bola de metidas de pata —intencionales o no— que erosionan la credibilidad de nuestros vecinos del Norte como líder estable. 

Ahora viene la parte más dura. ¿Y a los nuevoleoneses por qué debería de preocuparnos la depresión del dólar si así podemos gastar más a gusto en McAllen? Porque el dólar ha sido el pilar del sistema financiero global desde la Segunda Guerra Mundial, también para países como México. 

Se cae el dólar y, a mediano plazo, se caerá el peso. Garantizado. Y como los inversionistas tampoco le tienen mucha fe —a las pruebas me remito— a la política mexicana, nos vamos al precipicio detrás del dólar. 

En un primer momento, a mi amigo exportador de Guadalupe le irá a todo dar: una depreciación del dólar le ayudará a los exportadores como él. Pero esta espiral hacia abajo también aumentará la volatilidad y los costos de importación, alimentando la inflación nacional.

Pierde el dólar, pierde Trump y perdemos los nuevoleoneses. Así de simple. De los mexicanos, mejor ni hablo.

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