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Opinión

El miedo no siempre es el enemigo

Columna Invitada

A lo largo de esta serie hemos explorado cómo la preocupación, la comparación, la necesidad de aprobación y las creencias limitantes pueden convertirse en cargas que frenan nuestro crecimiento. 

En esta quinta entrega abordamos una de las más poderosas: El miedo. Francesc Miralles nos invita a comprender que el miedo no siempre es el enemigo; el verdadero problema surge cuando dejamos que tome el control de nuestras decisiones y termine definiendo la vida que llevamos.

El miedo cumple una función indispensable para la supervivencia. Gracias a él evitamos peligros reales y reaccionamos ante situaciones que amenazan nuestra integridad. Sin embargo, el cerebro no siempre distingue con precisión entre un riesgo verdadero y uno imaginario. 

Muchas veces responde con la misma intensidad ante la posibilidad de fracasar, ser rechazados o recibir una crítica que ante un peligro físico. Así, comenzamos a vivir guiados por falsas alarmas.

Existen miedos que nacen de experiencias personales y otros que heredamos de nuestra familia o del entorno. Frases como “no te arriesgues”, “mejor no intentes”, “es muy peligroso” o “¿qué van a decir?” pueden instalarse desde la infancia hasta convertirse en una forma automática de interpretar el mundo. 

Sin darnos cuenta, aprendemos que lo más seguro es no hacer nada, evitando cualquier situación que implique incertidumbre.

Con frecuencia, detrás del miedo aparecen otros temores más profundos: el miedo al fracaso, a no ser perfectos, al rechazo o al juicio de los demás. Paradójicamente, muchas veces el miedo ofrece beneficios ocultos. 

Permanecer en la inacción evita el riesgo de equivocarnos, pero también nos impide descubrir nuestras capacidades. Cuando elegimos desde el miedo, nuestra vida comienza a reducirse. Dejamos de aceptar nuevos retos, conocemos menos personas, evitamos conversaciones importantes y rechazamos experiencias que podrían enriquecernos. 

Francesc Miralles propone encontrar un punto de equilibrio. No se trata de eliminar el miedo, sino de utilizarlo como una señal para prepararnos mejor y no como una excusa para detenernos. 

En muchas ocasiones conviene comenzar por aquello que conocemos, fortaleciendo nuestras habilidades y ampliando poco a poco nuestra zona de confianza. Una idea sencilla puede convertirse en una guía de vida: haz aquello que te da miedo, siempre que no represente un peligro real para ti. 

Hablar en público, expresar una opinión, iniciar un proyecto o aprender una habilidad nueva suelen generar incertidumbre, pero también son oportunidades para descubrir que somos más capaces de lo que imaginábamos. La valentía no consiste en no sentir miedo, sino en avanzar a pesar de él.

En el último artículo de esta serie hablaremos del peso del pasado y cómo se vuelve uno de los mayores obstáculos a superar. El verdadero crecimiento personal no consiste en olvidar lo vivido ni el miedo, sino en impedir que sea él quien decida el rumbo de nuestra historia.

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