El otro día, en una clase muy bella que estoy tomando, me di el tiempo de reflexionar sobre el concepto de proyecto sentido, una idea que atraviesa la psicogenealogía y que invita a mirar nuestra historia incluso antes de haber nacido.
Pensar que ya éramos esperados, imaginados o incluso necesitados, mucho antes de llegar al mundo, cambia por completo la manera en que comprendemos nuestra vida. No llegamos en blanco, llegamos a un sistema con expectativas, deseos y carencias previas. Y eso deja huella.
El proyecto sentido se refiere a los deseos conscientes e inconscientes que nuestros padres depositaron en nosotros antes y después del nacimiento. A veces fuimos concebidos para unir una pareja, para sustituir una pérdida, para cumplir sueños no realizados o para reparar historias inconclusas.
Desde esta mirada, la vida no comienza sólo en el nacimiento, sino en la fantasía parental. Comprender esto no es para culpar, sino para ampliar la conciencia sobre el origen de muchos mandatos internos.
Desde la psicogenealogía, estos proyectos se transmiten como lealtades invisibles. No siempre se expresan en palabras, sino en silencios, gestos, expectativas y emociones no dichas.
El hijo, por amor y pertenencia, suele intentar cumplir ese proyecto sin darse cuenta. Así, muchas elecciones personales pueden no ser tan libres como creemos. El cuerpo y las decisiones hablan lo que la historia calla.
La Terapia Gestalt aporta una mirada profundamente humanista a este fenómeno. No se centra en el pasado como determinante absoluto, sino como una experiencia que busca ser integrada en el presente.
En Gestalt, el proyecto sentido puede entenderse como una figura inconclusa que sigue operando en el fondo de la experiencia. Lo no resuelto busca completarse a través de la conciencia.
Desde esta perspectiva, tomar conciencia del proyecto sentido no implica rechazar a los padres ni desvalorizar su historia. Implica reconocer cómo esas expectativas influyeron en la construcción del self.
Muchas veces vivimos tratando de ser lo que otros esperaban, desconectándonos de nuestras verdaderas necesidades. La Gestalt invita a preguntarnos: ¿esto que vivo hoy me pertenece o responde a un mandato antiguo?
El trabajo terapéutico consiste en traer al aquí y ahora esas lealtades invisibles. Darles nombre, forma y sentido. Cuando el proyecto sentido se hace consciente, deja de gobernar en silencio. Aparece la posibilidad de elegir de manera más auténtica. No se trata de romper con la historia, sino de integrarla sin quedar atrapados en ella.
Algo que me resulta especialmente valioso de esta mirada es que devuelve la responsabilidad al presente. No somos culpables de lo que cargamos, pero sí responsables de lo que hacemos con ello.
La Gestalt no busca víctimas del pasado, sino personas conscientes de su experiencia. Cuando dejamos de vivir para cumplir expectativas ajenas, recuperamos vitalidad y dirección. Reflexionar sobre el proyecto sentido es, en el fondo, un acto de amor hacia uno mismo.
Es reconocer que hubo una historia antes de nosotros, pero que hoy podemos escribir la nuestra. Cuando honramos lo que fue y soltamos lo que no nos corresponde, la vida se vuelve más liviana. Y quizá, por primera vez, comenzamos a vivir desde lo que verdaderamente somos.
